sábado, 13 de diciembre de 2008

La Invitación

ANGEL EXTERMINADOR – LA INVITACIÓN

Se llamaba Abelardo Cardin ( él decía que pronunciado “Carden” como en francés ), y aunque nunca explicaba el porque, siempre realizaba esta apreciación, como una coletilla pegada a su nombre. Se había puesto en contacto conmigo hacía un par de semanas para ofrecerme editar mis últimos escritos. Ni siquiera recordaba cuando había enviado mis “milongas” a esa editorial, aunque suelo hacerlo de forma automática a todas las que conozco, y por supuesto como habían podido llegar a manos de Abelardo. Así que mi sorpresa fue mayúscula cuando levante el auricular y su voz golpeo en mis oídos removiendo una época de mi vida que no deseaba recordar.

-- Angel Exterminador?

Sin darme tiempo a contestar continuo. . .


-- Soy el editor Abelardo Cardin (Carden), y han llegado a mi manos los últimos cuentos que has escrito bajo el titulo de “Milongas”, y la verdad me han causado una impresión muy positiva, y estoy seguro de que tu forma de expresión y relatar ciertas situaciones puede encajar perfectamente en un proyecto especial y novedoso que me llevo entre manos.
-- Encantado, y. . . – a su mas puro estilo volvió a dejarme sin poder terminar mi frase y continuo... –
-- Este viernes día 26 he organizado una cena con otros 19 autores, durante la cual pretendo haceros participes de una idea de creación y publicación conjunta que estoy seguro os va a interesar, tanto por su originalidad como por el reto que supone para unas mentes ambiciosas como las vuestras. Disculpa pero en este momento no me parece adecuado el decirte el nombre de estos 19 compañeros, además estoy seguro que no os conocéis entre vosotros, y forma parte del proyecto que os descubráis en ese instante. Tengo la seguridad de que, una vez que sepáis los detalles del mismo, no podréis excluiros del mismo.
-- Bueno, -- alcance a intercalar una vez que pude cerrar la boca – ante una proposición tan llena de misterio, y envuelta en una alo de atracción, es imposible resistirse. . .
-- De acuerdo entonces, este viernes 26 a las 10 de la noche en el restaurante “Il Pastificcio” cerca de la Plaza los Sitios, no faltes.
-- Allí estaré. – dije y Abelardo colgó.

Abelardo Cardin (Carden), jolines, seguro que no sabía quien era yo. Jajajajaja. Parecía imposible pero mi sorpresa no podía expresarse de otra manera que de una carcajada. ¡Ufff, menos mal! Hacía ya más de 5 años que había cambiado mi nombre. Durante este tiempo había huido de Abelardo, de mi y de todos los abelardo’s de este mundo. Siempre había pensado que su nombre, “A b e l a r d o“, tenía mucho que ver con ser un hijo de puta integral, incapaz de sentir las mas mínima interconexión con otra persona que no fuera el mismo. Seguro y directo hacía el fin que se había propuesto.

Habían pasado muchos años, pero todavía lo veo perfectamente, ahí, levantado en el aula de la facultad de literatura, desarrollando el tema de la simbología en la literatura infantil. Que si los cuentos de Caperucita Roja, la Cenicienta pertenecían al estilo de los cuentos de hadas, que si la mitología, que si. . . Su casi 1’90 de estatura y corpulencia, unido a esa voz profunda y conocedora de los sistemas griegos de la retórica producían el ensimismamiento de los veinteañeros allí reunidos. Era un Dios.

Por eso el día que me invito a su casa para hacerme una proposición de trabajo y desarrollo de mis capacidades de expresión la excitación lleno todo mi cuerpo al igual que en la primera cita con una mujer fantástica. Y al principio eso de escribir, o mejor dicho, rehacer los textos de amigos suyos que necesitaban o estaban en una fase de falta de contacto con las musas creativas, como a él le gusta decir, no me parecía nada tan especial. Tarde más de un año es darme cuenta lo que quería decir realmente eso de hacer de “negro” para un editor.

Pero ahora no era el momento de repasar los detalles de mi vida con el gran maestro Abelardo, sino de sonreír con la elaboración de hipótesis sobre la famosa propuesta anunciada que el día 26 nos haría a mí y a 19 más en torno a una cena. Yo ya no tenía 20 años, él no sabía quien era yo, quería ver que cara ponía al verme después de tanto tiempo, además quienes serían los otros 19, siempre me habían atraído los retos, esa era una de mis grandes debilidades; ¿Donde escondería esta vez la trampa Abelardo?

Sabía que el 26 cualquier cosa podía pasar.

20 escritores en manos de un editor llamado Abelardo

lunes, 24 de noviembre de 2008

BALANCE

video

Balance, Balance.... cuando te levantas, mientras caminas por la calle, al verte reflejado en esos ojos grandes que te observan con detalle, y, sobre todo, delante de una pagina en blanco con tus dedos intentando deslizarse suave y firmes sobre el teclado, trasmitiendo. . . . . . . . . . . . BALANCE, BALANCEEEEE..............

¡Adelante Calamitas!

Era un atardecer rojizo y aterciopelado

Era un atardecer rojizo y aterciopelado. Había salido de su despacho lleno de papeles que nunca desaparecían atraído por ese color rojo cielo, cálido, suave, sugerente... Sus pasos se sucedían uno tras otro, sin prisas, pero ágiles, tal y como le gustaba andar, como si supiera siempre a dónde le llevaban, aunque casi nunca era así. Su mente descansaba no sabía muy bien dónde, ya que el olor de un septiembre apagado y la caricia de una brisa fresca mantenía su piel como sentido dominante. Henchida por los recuerdos que retenía sin esfuerzo, y que uno tras otro, y todos a la vez, trascurrían lenta y velozmente por sus ojos. Su piel, su olfato, su tacto, leves sonidos arrulladores colmaban su cabeza y le proporcionaban una sensación de placer irreverente. Paso a paso, embriagado por los sentidos recorría calle tras calle, esquina tras esquina, y el cielo se iba trasformando cada vez en un rojo más intenso, oscuro y acogedor. Y así, tras doblar por la acera, su cabellera, su cabello ondulante, ese olor exultante y omnipresente que hace imposible que su cuerpo se separe un centímetro del suyo gritaba su nombre en toda la calle. ¡Lucia! Lucia estaba delante suyo, de espaldas. Sus piernas levantadas sobre esos tacones soberbios que toda mujer lleva pero muy pocas saben cómo erguirse sobre éllos, dominarlos hasta la esclavitud. Sus pasos se dirigieron inmediatamente hacía ella, y su nariz se pegó literalmente a su pelo. Aspiró, suspiró profundamente, y lentamente fue respirándola desde la coronilla hasta el cuello. La espalda de Lucia se estremeció levemente, mientras permanecía quieta, de espaldas, sin movimiento aparente. Sus manos descansadas se posaron sobre sus muslos, primero inmóviles, después inquietas, mientras la piel se sensibilizaba con esos poros erizados que te invitan a recorrerlos uno a uno. Élla había girado sobre si, y ahora sentía cómo sus pechos intentan coger el aire que le faltaban, mientras una mano, ágil y decidida se había detenido sobre su sexo. ¡Dios, qué placer sentir cómo tu pene va creciendo dentro de la mano de una mujer increíble! Mientras, la suya entraba a través de una de esas faldas maravillosas que están abiertas en el frontal, y separando sus braguitas recorrían un sendero mullido, alegre, acogedor, hinchado por la excitación del deseo, y separando pétalo tras pétalo allí estaban; una protuberancia loca por abrirse paso y la piel más suave, dulce, sensible y acogedora que todo mortal es incapaz de olvidar una vez ha conocido. Y como la altura era la perfecta - ¡ayyyyy, maravillosos tacones, medidos a la perfección en sus centímetros exactos! – élla acercó su pene, ahora rabo poderoso – jajajajaja - hasta la puerta de San Pedro, y con una suave llamada al paraíso de la pasión y la sensibilidad, desapareció en su interior a la vez que el mundo dejaba de girar sobre si mismo.
- “Angeellll”, qué ostias haces mirando con esa cara de pavo el atardecer
- “JAJAJAJAJA” Ay Paco, Paco, qué bella es la vida. Vamos, te invito al mejor vino que encontremos, y brindemos por sentirnos vivos.

NOTA: No puedo evitar el incorporar a esta maravillosa milonga el comentario escrito por Javier, nuestro profe. Posiblemente una de las cosas mas bonitas que alguien me ha dicho en su vida, y sin la cual este relato no estaria completo. Ademas me pone el EGO por las nubes jajajajajaja

Viva la vida, Ángel. Y viva el sexo y las faldas y el vino y las noches y la literatura que habla de la vida, y que transmite autenticidad, y sudor, y olor y carne y risas.

Por la Raja de tu Falda

Tras más de una hora de espera, un coche enorme se había detenido por fin delante de la entrada del restaurante. La puerta trasera se abrió, y unos tacones a juego con la pierna más larga y esbelta que unos ojos habían visto se deslizó hasta el bordillo.

Lentamente esa pierna fue incorporándose sobre una acera iluminada por los reflejos de dos simples bombillas que el agua de lluvia había depositado durante toda la tarde. Dos manos delgadas y estilizadas alisaron suavemente una falda abierta por una raja que dejaba entrever un muslo perfecto.

Phillip Marlowe mantenía su mirada fija en esa falda mientras era mecida por el viento, y su mente repasaba la canción de Estopa. Sin verle el rostro, Marlowe, sabía que por fin había llegado.

Multitud de pasos acelerados y la descarga de un sin fin de flashes lanzados desde escasos metros de esas piernas le hicieron reaccionar, y una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

Volvió la mirada hacia la entrada del restaurante y esperó a que élla entrara.

Esa mujer iba a cenar con él.


HELLEN

-- Hola Phillips.
-- Hola Hellen.
-- Sigues tan guapo como siempre.
-- Gracias, viniendo de una mujer como tú es un piropo.
-- Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
-- Casi 10 años. Mucho tiempo, sí.
--Te agradezco que hayas contestado a mí llamada, y aceptado cenar conmigo. Estoy en una situación difícil y no se me ocurría a quién pedirle ayuda.
-- Ya me conoces.
-- Lo sé, pero después de lo que pasó entre nosotros no me sentía cómoda.
-- No te preocupes y dispara, me estás poniendo nervioso y no me gusta.
--¿Te acuerdas de Alicia, mi hija? Pues hace un mes que se ha ido de casa. Creo que con un hombre mucho mayor que ella. Estoy preocupada y no sé dónde puede estar. No me llama y creo que ha cambiado de móvil.
--Supongo que Alicia será ya mayor de edad, 18 años si no recuerdo mal.
-- Sí, pero no me fío, algo me dice...., ya sabes cómo somos las madres.
--¿Y qué quieres que yo haga? Si es mayor de edad, ya aparecerá. Estará viviendo un “love story”. ¿O es que ya no te acuerdas de cómo son esas cosas?
--Ya lo sé, Phillips, no te metas conmigo, pero nuestra posición social..., son siempre situaciones difíciles, y no me gustaría que le ocurriera algo malo, es muy joven todavía.
--¿Y tu marido? Lo veo día sí día no en los periódicos. Su cargo político... Supongo que no tiene que hacer más que una llamada y en unas horas localizarían a Alicia.
--Es así, pero ello supondría despertar la curiosidad de alguno de sus enemigos, y no quiero que la prensa haga acto de presencia en un tema privado. Además, seguramente no será nada más que lo que tú has dicho, una historia propia de la edad, pero quiero estar tranquila.
--¿Y qué deseas que haga?
--Simplemente que la localices, que veas cómo se encuentra, hables con ella y luego me cuentes
--¿Nada más?
--No, nada mas. Es algo sencillo, pero contigo estoy segura de que lo que averigües no saldrá fuera de nosotros. Y esto es un tema familiar que no le importa a nadie. Por otra parte, ya sabes que tus honorarios no serán ningún problema. Es un favor personal que te pido.
--De acuerdo, mañana me pondré a buscar a Alicia

El resto de la cena transcurrió entre sonrisas y bromas, envueltas en un cabernet somontano del 98, mientras mi mente le daba vueltas a sus palabras: favor personal, familia, situación difícil, no será nada. En mi vida cuando una mujer como Hellen me ha dicho palabras semejantes todo mi cuerpo se ha erizado como esta noche y se pone en guardia.


MI HISTORIA CON HELLEN

Hace más de 10 años que conocí a Hellen. Estaba casada con Fernando, un político que llevaba varios años haciéndose sitio entre las filas de su partido, y ahora era el responsable del departamento de interior. Un capo del organigrama policial del que nunca se sabe qué está pensando.

Hellen y yo coincidimos en una fiesta y acabamos pasando la noche en un hotel del centro. Yo ya sabía quién era élla, pero Hellen no me preguntó ni mi nombre. Supongo que alguno de la fiesta haría de cicerone. Era una época que se le sentía apagada, con una necesidad imperiosa de calor. Se abrazaba a mi cuerpo con ansiedad mientras lo recorría lentamente, trozo a trozo, y hacía el amor con una intensidad que nunca había conocido. Puede que fuera esa mirada de necesidad sin pedir, o la pasión con la que temblaba todo su cuerpo cuando la acariciaba, pero el hecho es que nada más salir, la primera vez, de ese hotel, sabía que esa mujer haría conmigo lo que quisiera.

Durante tres meses nos fuimos conociendo, su mirada cambió y una sonrisa nos iluminaba siempre que estábamos juntos. Yo nunca le pregunté, sabía que tenía una hija con Fernando. Yo solo deseaba disfrutar y sentirla cerca.

Una tarde me citó en un bar adonde solíamos ir para decirme que no podía seguir viéndose conmigo, sin más explicaciones. Yo la miré fijamente sabiendo que había elegido la seguridad de un Fernando de éxito. En ese momento sonaba la canción de “Wath a difference a day made” de “Jamie Cullum”.

Esa fue la última vez que volví a verla, hasta el día de hoy.


LA BÚSQUEDA

Encontrar a Alicia me había llevado poco más de una hora. Me puse en contacto con un antiguo colega de la universidad que trabaja como espía en el CSI. A través del número del móvil de Alicia tardó menos de una hora en facilitarme la dirección donde se encontraba.

Por supuesto, no le hice el menor comentario sobre su padre, y él no me preguntó nada. Supondría que era un caso habitual de infidelidad, pero se sorprendió de que le recurriera a él.

Así que antes de las 10 de la mañana cogí el coche y puse rumbo a la playa. El móvil de Alicia se encontraba en una playa, conocida por tener un ambiente interesante.

Lo extraño era que a su padre, Fernando, le hubiera costado una décima parte localizarla. ¿Entonces? . . .

A primera hora de la tarde aparcaba frente a la dirección que me habían facilitado, saqué su fotografía que me había dado Hellen, me la coloqué frente al volante, y me dispuse a ponerme cómodo. A la media hora salía del domicilio un hombre de alrededor de 50 años, mi Nikon lo fotografió adecuadamente, y me llamó la atención que tuviera un cierto parecido con su padre, Fernando.

Se subió en una Harley y se marchó hacia el centro de la población. Comenzaba a atardecer y el sol se hundía lentamente por el mar. Salí lentamente del coche, mi vista estaba fija en el horizonte, me dirigí a la puerta y llamé al timbre.


ALICIA

Tuve suerte y en vez de escuchar el intercomunicador, la puerta se abrió de repente.

Era Alicia, no cabía la menor duda. 1’80, piernas interminables perfectamente esculpidas, unos labios capaces de hacer perder el sentido, y unos ojos grandes y oscuros que te impiden apartar la mirada. La hija de Hellen.

--¿Quién es usted? ¿Qué desea? – me espetó inmediatamente.
--Mi nombre es Phillip Marlowe, soy Detective Privado, y me ha contratado tu madre para encontrarte. Está preocupada y desea saber qué tal estás
Sus ojos se abrieron más si ello es posible, me miró de arriba abajo, e hizo el mismo gesto que su madre moviendo su maravillosa cabellera negra y me dio la espalda, mientras la puerta se cerraba bruscamente.
--Un momento, Alicia –dije mientras sujetaba la puerta con la mano–. Creo que tu madre se merece unas palabras.
Su cabeza se giró lentamente, y sus ojos se clavaron contra los míos, otra vez. Pareció que no iba a decir nada, pero sus labios se movieron con una tranquilidad inesperada.
-- Mi madre. . . ¡esa puta a la que no le importa más que la última blusa que se ha comprado!
Siguió mirándome, sin hacer ni un leve movimiento de parpados, y al cabo de unos segundos bajó la cabeza.
--¡Vale! ¡Qué más da! ¡Ven! Pasa.
Y fui detrás de ella hasta un salón pequeño dominado por una enorme cristalera desde la que se veía directamente la playa y un mar levemente iluminado por un sol ya completamente desaparecido. Esa luz entre rojiza y gris se reflejaba en su cara, perfilando y dando contraste a unos rasgos endurecidos en un rostro simplemente maravilloso.
--¿Qué quiere mi madre?
--¿Simplemente saber dónde vives y cómo estas? Está muy preocupada, me dijo que habías desaparecido un día y no tenía forma de contactar contigo.
--¿Solo eso? ¿Y no te contó nada más?
--¡No!
--¿No te contó que mi padre me ha estado violando desde que cumplí los 15 años?
--No –Algo se rompió dentro de mí en ese mismo momento, pero no podía saber qué.
--Durante cerca de 4 años mi padre entraba en mi habitación cuando le parecía bien, me quitaba la ropa, y fue enseñándome a hacerle todo lo que le gustaba.
Sus ojos seguían mirándome fijamente y la luz se hacía a cada instante más tenue.
--¿Lo hablaste con Hellen? –Fue lo único que salió de mi boca
--Durante el primer año no hacía más que llorar, y lo único que me dijo es que era una llorica y debía madurar, después dejé de hacerlo y nunca me preguntó nada más. ¿Acaso crees que una madre y mujer no sabe lo que ocurre en su casa? Solo se preocupaba de sí misma y de los fotógrafos. Su carrera estaba por delante.

En ese momento se oyó el sonido inconfundible de una Harley deteniéndose, y Alicia se levanto para abrir la puerta. Era el hombre de 50 años que había salido antes de la casa. Alguien le había dado una paliza y casi no podía ni andar

--¡Andrés! – gritó Alicia -- ¿Qué te ha ocurrido?
--Me han asaltado cuando salía del supermercado, sin mediar palabra me han dado una paliza, pero gracias a dios no me han robado nada. Alguien ha debido de verles porque me han dejado de repente tirado junto a la moto, y se han marchado corriendo.

Alicia me miró y dijo que me marchara. Salí por la puerta y los dejé a los dos. Nadie propuso llamar a la policía.


EL INFORME

De vuelta hacía la ciudad envié un mensaje al móvil de Hellen, donde la citaba en el Mombasa a las 10 de la noche. Me devolvió la llamada más de 5 veces, pero no quise contestarle.

Hacia las 8 entraba en mi despacho. Todo estaba revuelto o destrozado. Alguien se lo había tomado con mucha paciencia. Como suponía, no faltaba nada, solo habían hecho una copia del disco duro de los ordenadores.

Aparté todo lo que había tirado encima de mi mesa e hice una llamada, luego envié un correo electrónico con una fotografía. Me recosté sobre el sillón y esperé.

Una hora más tarde aproximadamente sonó el teléfono, descolgué y recibí la información que me faltaba. Recogí mi gabardina y salí por la puerta. Como no cerraba la deje entreabierta. ¡Qué más daba!


EL MOMBASA

Eran las 10 menos cuarto y Hellen ya estaba sentada en la misma mesa donde solíamos vernos años atrás. El cenicero tenía al menos cinco cigarrillos mal apagados y sin terminar. Una copa de Macallan manchada por su pintalabios daba vueltas en su mano.

--Hola Phillip, no me has contestado. ¿Sabes algo de Alicia?
--Sí, tranquila, está perfectamente. Vive en una casita deliciosa en la playa.
La copa dejó de dar vueltas y me miró arqueando las cejas
--¿Y?. . .
--Es la casa de un tal Andrés, es profesor suyo en la Universidad. Y estoy seguro que entre ellos no existe una relación íntima.
--¿Cómo lo sabes? Entonces, ¿qué hace con él?
Decidí que la única manera de saber era de golpe, directo, sin adornos, y por eso se lo dije así:
--Hellen, tú sabes que Fernando abusaba de Alicia desde los 15 años. ¿Nunca supiste, o es que no quisiste saber?

No obtuve respuesta, su cara había cambiado de repente, ni siquiera me miraba. Nunca había visto esa frialdad en el rostro más delicioso y sensual del mundo, cuya sonrisa todavía resonaba muchas noches en mis oídos, haciéndome sentir feliz por haberla escuchado y triste por ser solo un recuerdo.
--Pásame la factura de tu trabajo cuando quieras.
Se levantó y se fue del Mombasa


LA NOTICIA

Estaba tomando mi café con leche descafeinado y sin azúcar, como todas las mañanas. La radio encendida, el informativo comenzó con la noticia de que el Subsecretario de Interior había fallecido esa noche debido a un paro cardíaco, y sería enterrado por la tarde.

Volví a mi despacho y me puse a la labor de colocar en su sitio cada papel y cada objeto. Llené varias bolsas de desperdicios. La cantidad de objetos estúpidos se acumulan por no tirarlos, cuando realmente lo deseas pero nunca lo haces.

Como no tenía ganas de trabajar me fui a pasear, y a las cinco de la tarde me acerqué al cementerio. Allí estaba todo lo más sagrado del partido político de Fernando, enterrándolo con honores. Hellen estaba de pie, delante de todos, con la misma cara de insensibilidad con que me dejó la noche anterior. No quise acercarme, yo no pintaba nada allí.

Al terminar, Hellen se dirigió hacía un automóvil. Al abrirse la puerta pude ver que Alicia se encontraba dentro. Y se daban un beso.

El corazón se me relajó, y sentí una gran satisfacción. Más vale tarde que nunca.

Por la noche ya se comentaba en toda la ciudad que el cadáver de Fernando había sido encontrado con la polla seccionada y dentro de su boca. Solo esperé que lo hubieran enterrado así. Nunca se investigó, ni la prensa volvió a hacer ningún comentario sobre su persona.

Porque era Mía

Como todas las tardes, se apostaba a la puerta de su casa y esperaba. Esperaba para ver con quien salía o entraba. Para saber que expresaba su rostro, como se movían sus piernas y su culo, sobre todo su culo.

Simplemente el verla sonreír en el momento de saludar a un vecino le ponía enfermo, y su mente sólo podía pensar en cual sería el motivo para que élla sonriera. Como era posible que a diferencia de él pudiera esbozar simplemente una sonrisa. Pero él sabía porque.

Sabía porque cuando entraba en el bar, cada día, todos le miraban con pena, riéndose. Pensaban que no se daba cuenta pero no era así. Sentía los ojos clavados en su nuca, y las risas esbozadas mientras hablaban entre éllos.

El sabia que alguno de éllos había tenido el cuerpo de élla entre sus manos, Y que sus manos habían apretado ese culo, mientras élla acercaba sus tetas hacía él esperando sentir sus dedos por todo.

El sabía como sus ojos miraban y su boca se entreabría al sentir cuando una polla entraba en su vagina, deseando que la follaran una y otra vez. Como se estremece al sentir un orgasmo tras de otro, y sus dedos se te clavan en la espalda cada vez con mas fuerza.

Sabía que era por eso que la sonrisa se le escapaba de entre los labios. Como cuando llego a casa aquella vez, y élla estaba cantado en la cocina, y él se había acercado para besarla, y le había dicho que no. El sabía que había estado con otro, y mil veces miraba en su bolso, registraba sus bolsillos, y aunque no encontró nunca nada, él lo sabía. Igual que el otro se reía cada que vez que se la follaba pensando que su polla no era suficiente para satisfacer a una mujer.

Luego se lo contó al juez, que la había pegado, que no quería vivir con él, siendo su mujer. “Ya no me miraba siquiera cuando llegaba a casa. Cuando me acercaba a su cuerpo me rechazaba después de llevar todo el DIA trabajando. Pero un día me di cuenta de todo y empecé a saber. Y la obligue a que me mirara, a que me deseara porque yo se que le gustaba, y era mi mujer”, había declarado.

La semana pasada la descubrió saliendo del portal con ese hombre, y no pudo mas, se acerco con un palo y lo estrello contra su cabeza, mientras élla gritaba que era el fontanero, que estaba loco que la dejara en paz. Los vecinos miraban y ninguno hacia nada. Le llevaron a comisaría y cuando salio solo dijo una cosa: “Es mi mujer”

Y ahora estaba allí, mirándola, como muchos días. Miraba como se contorneaba su cuerpo y como sonreía después de mucho tiempo. Al principio le había llamado la atención el ver esa sonrisa, hacía mucho tiempo que no la veía, y eso le hacía estar mas seguro. Esa sonrisa le insultaba, le decía que podía ser feliz sin él, que otro hombre la hacía sonreír. Su mujer se reía de él y no lo podía soportar.

Así que ese mediodía no había ido a trabajar. Paro en la gasolinera y compro 5 litros de gasolina, y se fue para su casa. Ella llevaba hacia días esa gabardina tan ajustada que resaltaba sus curvas, sabiendo que él le había prohibido ponérsela desde el día que se la compro, que se ponía enfermo de sentir como provocaba a los demás.

No podía permitir que su mujer se riera de él. Salio de la esquina y con pasos rápidos se dirigió hacía élla, y a 5 metros le chillo: “Melisa”. Ella se volvió, él levanto la garrafa con la gasolina y se la tiro encima de la gabardina. La gabardina se abrió, y élla saco una escopeta recortada, mientras él buscaba el encendedor. Sonaron tres tiros, uno detrás de otro, despacio, sin prisas. El primero lo tumbo al suelo, el segundo le reventó los huevos y el tercero destrozo su pecho.

Un coche se acerco inmediatamente hasta élla, y la puerta trasera se abrió. Su padre y su hermano iban delante. Ella subió dentro con la gabardina cubierta de gasolina y la escopeta en las manos. Su padre se volvió y le dijo: “Trae hija, bien hecho”. Su hermano miraba el cadáver para ver si se movía. El coche se marcho.

La policía llego después, preguntaron a todos los vecinos, pero ninguno había visto nada. Entraron en su casa, y la llamaron al teléfono móvil, pero élla no contestaba. Al día siguiente nadie preguntaba y todos sonreían.

A fin de cuentas solo se habían roto un par de huevos.

Hombres

Se les ve en todas partes. Con los ojos tristes, aburridos, cansados del todos los días son iguales. Sentados en una barra esperando la entrada, el acercamiento de alguien que despierte su sonrisa e ilumine durante un rato esos ojos llenos de monotonía.

Hombres que salen cada día y no desean volver.

Hombres seguros de que hagan y digan lo que digan nunca tienen razón.

Ni en la ropa elegida a la mañana, ni en el discurso arengado al hijo antes de ir al colegio, ni en el comentario ante el jefe, ni siquiera sobre el equipo que gano anoche.

Si llora es débil, si desea es salido, si se arregla...., y lo peor de todo, no sabe ni cuando ni como un día una mujer le dijo que era “mono”, Y ese día se sintió morir un poco más.

Sabedor de que siempre, morirá antes y nunca se escribe el porque, ni a manos de quien.

El Boleto

Toda la noche soñando. Toda la noche un número de 5 cifras había dado vueltas sobre mí. Ni mil ovejas ni mil leches habían podido quitarme ese número de encima.

Nada mas levantarme, sin afeitar, corrí hasta la administración de lotería, y allí estaban las 5 cifras. Impresas sobre un boleto.

Abrí la puerta, y una ráfaga de viento descolgó el boleto de la pinza que lo sujetaba. A cámara lenta el maldito boleto fue descendiendo, acercándose y alejándose a cada vaivén, como si se riera de mí, hasta depositarse en el suelo.

Me quede quieto, petrificado, mientras un zapato horrible se detenía encima de 3 de las 5 cifras, y una mano gorda y sudorosa lo levantaba hasta la ventanilla. Ese ser horroroso, digno de la mayor pesadilla de Stefhen King, preguntaba y pagaba su importe metiéndoselo en su cartera. Mientras oía como la dependienta le decía que era el último que le quedaba.

Mi mente no reaccionaba, ahí estaba yo, todavía sujetando la puerta, cuando ese ser asqueroso salio rozándome a la calle. Y todavía no se porque lo hice, pero a los segundos y sin saber para que me encontraba siguiendo los pasos de tamaña criatura, a unos 30 metros de distancia.

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